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Hermana Mónica

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La hermana Mónica Astorga vive en el Convento Carmelo de la ciudad de Neuquén, y desde allí muestra un gran compromiso por la Diversidad, apoyando la lucha y dando contención a las chicas de la comunidad Trans de localidad. “Una vez que sentí el llamado, me entregué a Jesús. Soy su instrumento para que me lleve y acompañe para ayudar a los demás sin pensar en mí. Intento ser fiel a mi vocación, ser generosa en mi entrega a Jesús, y de Él, a todos los hermanos y hermanas que se crucen en el camino”.
Entre el sonido del viento y el canto de los gallos que se dejaban oir en la conversación telefónica, la hermana Mónica tuvo una hermosa charla con Programa FE durante uno de sus momentos libres en el Convento ubicado en las afueras de la capital neuquina.

- ¿Cómo es tu vida en el convento?

- Nos levantamos entre las 6 y las 6:30 de la mañana. A las 7 tenemos la hora de oración. Luego asistimos a la misa, que a veces es a la mañana y otras veces al mediodía. Desayunamos, y a las 9 empezamos con nuestros trabajos, que es de lo que vivimos. Hacemos alfajores, dulces, licores, pero también nos encargan comidas y trabajos en cuero. A las 12:30 horas volvemos a rezar. Luego almorzamos, tenemos un recreo, descansamos y retomamos nuestras actividades. Los lunes dedicamos la tarde a la formación. El resto de los días rezamos vísperas y después tenemos el oficio de lectura. Cenamos, contamos con un rato de recreación y a las 22 horas termina nuestro día. De 9 a 12 y de 16 a 18 horas podemos recibir visitas, que generalmente es una por día. En el monasterio tenemos hospederías donde la gente puede hacer retiros, en el que cada uno puede traer su material para el mismo o bien nosotros se lo preparamos. También pueden compartir el rezo y la misa en la capilla.

- ¿Cuál es la relación entre ser monja de clausura y tener esta sensibilidad de ayudar a una necesidad tan profunda como la de la comunidad Trans? ¿Cómo nació eso en vos?

- A mí no me gusta decir que soy monja de clausura, sino de vida contemplativa, o como dice el Papa Francisco, “buscadora del rostro de Dios”. Tenemos muchas horas de rezo, compartimos momentos de vida comunitaria y realizamos nuestro trabajo, indispensable para el sustento propio. Salimos sólo para hacer las compras, realizar trámites o para ir al médico. Siempre le pedí a Jesús que me mostrara el dolor de aquellas personas que fueran lo más descartado de la sociedad, y que me diera la gracia de llevar esos rostros a mi oración. Al principio me volqué mucho a los jóvenes. Yo le decía a la gente que si tenían un joven con problemas que lo acercaran al monasterio para poder charlar con él. Nosotros tenemos un espacio que se llama “locutorio”, con determinados horarios, en los que pueden venir a visitarnos, ya sea para compartir una charla de amistad o que nos puedan volcar sus necesidades. Luego acompañé a presos condenados a cadena perpetua que estaban muy solos en la cárcel, hasta que un día llegó una persona trans pidiendo ayuda. Era Romina. Ahí vi la necesidad de un acompañamiento mucho más cercano para una realidad tan dura, ya que a estas personas no se las dejaba entrar a las iglesias. Lo primero que hice fue invitarla a rezar. Y con ella comenzaron a venir otras de sus compañeras, por eso digo que Ro es la misionera, la que las invita a que vengan al monasterio. Entre esas primeras 4 chicas que vinieron estaba Katy, a quien recuerdo que le pregunté cuál era su sueño, y me respondió “tener una cama limpia para morir”. Esa respuesta fue la que me cambió toda la mirada acerca del tema, sinceramente me traspasó el corazón. No podía entender cómo su sueño podía ser ese.

- La clausura es una tradición histórica, y tu mirada, ayudando a estas chicas, es no sólo de esta época, sino de avanzada. ¿Te pusiste a pensar en esta dualidad?

- Lo mío es ser mediadora. Todas mis horas están destinadas a la comunidad. Me reúno con ellas una vez al mes, rezamos un rato en la capilla y en los horarios que atendemos visitas las escucho en un salón que tenemos. Es algo que no interfiere en nada en mi vida comunitaria ni en mi vida de carmelita. No es que las salgo a buscar, sino que ellas vienen, veo qué personas pueden atenderlas y luego me comunico vía mail o teléfono con aquellos que pueden colaborar con un trabajo o con lo que estén necesitando.

- ¿Hace cuánto empezaste a ayudarlas? ¿Cómo fue el proceso en esos comienzos y cómo lo ves hoy?

- Lo primero que hice, además de invitarlas a rezar y pedirles que me contaran sus sueños, fue crear un lazo de confianza. Son personas que fueron rechazadas por sus familias, entonces antes que nada tienen que confiar. Si la Iglesia las expulsó y una monja de clausura las llama para que recen, para escucharlas, para respetarlas, pueden pensar que hay algo que no funciona. Fui despacito para que tomaran confianza, y a partir de ahí que pudieran buscar la salida. En muchos de los casos, esa salida se trató de una oportunidad laboral. El camino fue difícil pero dio sus frutos. Hoy escriben chicas de todo el mundo, no solicitando trabajo ni una casa o cosas por el estilo, sino pidiéndome que les muestre a Dios. Me preguntan si Él las ama, si Dios las va a castigar. Veo que esto se amplió muchísimo. Ya no es el grupito de Neuquén, sino la comunidad Trans mundial a la que estoy acompañando en este momento.

- ¿Cómo fue la mirada tanto de la gente de la Iglesia como la de la comunidad en general al verte ayudando así?

- La mirada de la gente de la Iglesia fue pésima. No veían ni escuchaban nada. La poca gente que me habló lo hizo para preguntarme cuándo se iban a vestir de hombres, o me decían que no valía la pena ayudarlas porque no iban a cambiar. Los obispos, sacerdotes y religiosas guardaron silencio. Con todo el dolor que para mí significa decir esto, me acompañó más la gente de afuera de la Iglesia, aquellos que sufrieron el mismo rechazo que las chicas trans, que la de adentro.

- El Evangelio nos habla del cuidado del otro. Es algo que no siempre se ve en nuestra sociedad. ¿Cómo puede cambiar eso?

- Todavía no sabemos leer el Evangelio. Sólo vemos la parte que nos conviene para acusar al otro. Para ver la caridad y el amor de Jesús hacia la gente más rechazada nos falta mucho. No leemos el Evangelio. No lo hacemos carne. Todavía falta muchísimo para vivir como Jesús quiere. Tenemos que amar, respetar y cuidar a todas las personas. Como Iglesia estamos llamados a velar por todas las personas, como lo hace Dios.

- Se inauguró una peluquería ¿Cómo es ese proyecto, hay otros?

- Se inauguraron dos peluquerías. Además, hay una casa que se remodeló toda y funciona allí otra peluquería, una sala de computación, un taller de costura, otro de depilación, manicura, pedicura y maquillaje. También hay una cocina donde se preparan viandas para almuerzo y merienda. Cuenta con una biblioteca que tiene un espacio para poder estudiar, un salón para charlas y un consultorio donde atiende la psicóloga. Allí también está la casita donde vive Katy desde hace 7 años. En todo este tiempo se recuperó de su adicción al alcohol, ya tiene su taller de costura y por la mañana trabaja en la Dirección de Diversidad. Su vida es muy diferente a la que tenía cuando la conocí. El 10 de agosto se inauguraron las viviendas que yo le había pedido a la Municipalidad, donde viven 12 chicas trans. Son departamentos que a ellas les cambiaron la vida. Una de las chicas me dijo que el baño es más grande que el cuarto que antiguamente alquilaba. Es algo que jamás pensaron que podían llegar a tener.

- Velas por los sueños de las chicas, las ayudás. ¿Hay espacio para pensar en vos? ¿Cuál es tu sueño?

- Velo por las chicas y por toda persona que llega al monasterio. Aquí viene muchísima gente para pedir acompañamiento espiritual y también ayuda material. Respecto a mi vida, una vez que sentí el llamado, me entregué a Jesús. Soy su instrumento para que me lleve y acompañe para ayudar a los demás sin pensar en mí. Sólo pienso que no puedo quedarme en la superficie, creo que todos estamos llamados a ser santos. No quiero quedarme en las cosas del mundo, sino en la necesidad de los hermanos y hermanas que se cruzan en mi camino. Pienso en ser fiel a mi vocación, ser generosa en mi entrega a Jesús, y de Él, a todos los que se crucen en el camino. Sueño con ser santa. Me encantaría ver unidad en la Iglesia y un mundo en el que no haya diferencias entre ricos y pobres. Que no haya más gente que muera en la soledad y en el abandono.