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Mariela

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Soy Mariela Jiménez y junto a mi familia llevamos adelante el Comedor San Francisco, que asiste a más de 90 familias en la localidad de San Francisco, en Pilar. Nuestra rutina comienza a la una del mediodía, cuando nos reunimos para almorzar, luego empezamos a cocinar, cada grupo que colabora tiene una tarea asignada, que va desde lavar la verdura hasta darle el último toque de cocción a la comida que hayamos preparado. Y a las seis de la tarde, se empiezan a repartir los platos de comida.

Ayudar de esta manera no es algo que se me ocurrió a mí, hay una persona que lo hizo posible y por eso estamos nosotros ahora acá. A fines de los ’80, en varios barrios se hizo costumbre realizar ollas populares, y el mío no fue la excepción. Un día, mi mamá, Susana, le dijo a mi papá, Humberto, que iban a cocinar para dos familias más. Con el tiempo de dos pasaron a cuatro, luego diez y finalmente fueron sesenta. Teníamos una cocina de tres hornallas que reventó y una vecina nos regaló una más moderna que ya no usaba.

La vocación de mi mamá siempre fue ayudar, y lo hizo hasta que una enfermedad se la llevó. Lo que no pudo esa enfermedad fue impedir que ella siguiera ayudando. Recuerdo que iba a sesiones de quimioterapia, que a veces duraban siete horas, y yo le decía “mamá, descansá, hoy no se cocina” y ella me respondía “la gente necesita comer y no tienen la culpa que yo tenga cáncer”.

Cuando ella falleció le planteé a mi papá la posibilidad de cerrar el comedor y me dijo que no, de ninguna manera, que la gente necesita su plato de comida. Lo mismo que me dijo mi mamá aquel día. Nos tuvimos que reinventar, mi papá no sabía cocinar y googleando aprendió. Toda la familia lo acompaña en esto, porque siempre nos gustó ayudar y nos sentimos reconfortados de hacerlo, pero también porque es continuar con el sueño y la vocación de mi mamá, que en definitiva es la nuestra.